Dignidad pelada

De la chomba de Kevingston al salame de Frigorífico Los Panchos. Del LCD K a un par de anteojos… La canasta carusiana no dejó de abrirse, como premio a las buenas actuaciones. Pero lo de ayer, con la camioneta de Daniel Lalín, es demasiado.
“Cualquiera que ayude a Racing es bienvenido”, fueron las palabras de Rodolfo Molina cuando le consultaron si aceptaría que el ex presidente acercara el premio que el entrenador no pudo conseguir. Un vale todo riesgoso, un gesto que camina por el límite de lo inaceptable y una reaparición “gloriosa” de uno de los personajes más nefastos en la historia del club.
Ayudar a Racing, en el llano concepto de la palabra, sería donar anonimamente la pintura para el estadio o, si se quiere protagonismo, una aparición mesiánica que ayude a pagar los sueldos o un aporte para incorporar jugadores sin pedir nada a cambio. Comprar una camioneta para que los futbolistas se repartan 140 mil pesos por salvarse del descenso, no significa una ayuda al club. Ni mucho menos algo tan importante como para que el presidente lo vea desde la ventana y a Lalín se le caiga la baba rodeado de jugadores.
Volver al pasado mientras apenas podemos reconstruir el presente es un síntoma de inmadurez que, esperamos, no se repita.
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